Featured Post

Tiempo de pandemia: la condición humana a prueba

Álvaro Vega Sánchez 16/07/2020

social_pobreza.jpg

Las pandemias exponen lo mejor y lo peor de la condición humana. La actual no es la excepción. La humanidad o inhumanidad se desnuda ante nuestros propios ojos.

 

Advertimos, en general, que son más las carencias y flancos débiles que las fortalezas institucionales y virtudes éticas, afectivas y espirituales, para encarar los desafíos múltiples de una situación pandémica.

 

Enfrentamos una situación que nos implica como humanidad planetaria. Un problema global. Y, para problemas globales, soluciones globales (Sygmunt Bauman). El gran desafío: emprender medidas y acciones para una mejor convivencia, como pequeña “tribu”, en esta “aldea global”.

 

El modelo de globalización neoliberal dominante, y su institucionalidad comercial y financiera, no ha contribuido a esa convivencia “tribal” justa y equitativa. Al contrario, ha intensificado la desigualdad y precarizado el trabajo humano, de ahí que la pandemia actual cobre cada vez más víctimas. “El coronavirus exacerbará aún más un planeta ya enfermo de desigualdad […] la desigualdad es nuestra principal pandemia”, ha señalado Joan Benach1.

 

Mientras tanto, ya hace rato se viene debilitando la institucionalidad que podría cumplir una función de contrapeso, como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y todos sus brazos coadyuvantes, así como los Estados Sociales de Derecho. Un contexto que favorece la voracidad creciente de la élite del poder empresarial y financiera mundial, cada vez más protegida por una clase política a su servicio.

 

Los esfuerzos para atender a la seguridad alimentaria y la superación de la pobreza en el mundo, así como para crear mejores condiciones de salud y educación, que constituyen los factores básicos y decisivos para alcanzar niveles óptimos de bienestar humano y social, han tenido alcances limitados. Y si nos atenemos a la respuesta actual, no hay razones para el optimismo.

 

Las acciones filantrópicas –intensificadas por el club narcisista de los super-ricos– y asistencialistas, incluidas algunas iniciativas de cooperación internacional2, se han convertido en simples paliativos, con los que el neoliberalismo busca maquillarse.

 

Las mismas obedecen al viejo patrón efectista y populista –socialmente apaga incendios y políticamente clientelar– que hoy se recicla bajo el concepto de “medidas extraordinarias para situaciones extraordinarias”.

 

Lo verdaderamente extraordinario –a convertirse en ordinario– debería apuntar al fortalecimiento de una institucionalidad global que contribuya, de manera efectiva, a la creación de un nuevo orden económico y social más justo y equitativo, y ecológica y ambientalmente más saludable y sostenible; es decir, que distribuya la riqueza y frene la sobre-explotación de los recursos de la naturaleza.

 

Para ello, hay que impulsar un pacto global que desmonte el actual, construido al servicio del “club de los ricos”: el 1% que posee el 90% de la riqueza del planeta, y que ya se ha convertido en más que una amenaza para la sobrevivencia de la humanidad y las demás especies, así como de su casa común.

 

Para avanzar, en esa dirección, se requiere revisar nuestra condición humana. El prototipo de ser humano dominante que ha venido configurando, tanto en occidente como en oriente -exceptuando algunas prácticas marginales, que recogen tradiciones de los pueblos originarios- es el propio de un modelo productivista y consumista, reforzado por un paradigma educativo y cultural esencialmente racionalista y tecnocrático.

 

Resultan esperanzadores nuevos enfoques, tanto en las ciencias sociales como naturales, en donde se acentúa en dos factores fundamentales: la ética y la afectividad, para impulsar alternativas de desarrollo económico, científico-tecnológico y de convivencia social y política. Asimismo, los movimientos sociales contraculturales que apelan también a la ética y la afectividad, para una convivencia digna entre todos los seres humanos y con la naturaleza; y que, con indignación y abundantes gestos simbólicos y afectivos, más allá de los discursos ideológicos doctrinarios3, vienen levantando su voz: “¡basta ya!”, “otro mundo es posible”.

 

De ahí, la necesidad de llevar a primer plano la educación emocional. Como bien sugiere Victoria Camps, de la capacidad de entender los afectos “depende padecerlos o disfrutarlos…Si nuestra realidad es afectiva y sentimental, si tenemos esa dimensión emocional ¿por qué no aprovecharla?”4.

 

En fin, hoy resulta fundamental la comprensión y el cultivo de la dimensión emocional y afectiva, en el marco de un nuevo paradigma educativo y cultural, para propiciar relaciones que contribuyan a una convivencia más armónica, saludable y gratificante. Como bien señala Martin Buber, una sociedad verdaderamente humana es aquella donde sus miembros se confirman recíprocamente, y “el hecho de que esta capacidad esté yerma en tan gran proporción constituye la verdadera debilidad y lo cuestionable de la raza humana5.

 

La sociedad no es una máquina de hacer dinero ni un casino para el disfrute de los magnates financieros. Es una comunidad global de seres humanos en búsqueda de afirmar su humanidad sensible, pensante y diversa. Un proyecto en construcción permanente, donde lo ético y lo afectivo se articulan para dignificar las relaciones económicas, sociales, políticas y con la naturaleza,

 

Si la pandemia ha expuesto “en carne viva todas las desigualdades sociales, las injusticias, las violencias […]”, como lo expresara recientemente la jurista internacional Elizabeth Odio Benito6, la post-pandemia podría ofrecer un escenario óptimo y promisorio para este nuevo pacto global por la justicia y la equidad. Una oportunidad y un desafío que también pone a prueba nuestra condición humana.

 

Álvaro Vega Sánchez, sociólogo.

https://www.alainet.org/es/articulo/207897

Publicar un comentario