Featured Post

El antiimperialismo latinoamericano y sus aportes a las ideas de unidad continental

Juan Carlos Morales Manzur jcmmanzur@hotmail.com
Universidad Werz, N (1991) Pensamiento Sociopolítico moderno en América Latina. Caracas, Nueva Sociedad Editores.
del Zulia, Venezuela


El antiimperialismo latinoamericano y sus aportes a las ideas de unidad continental

Espacio Abierto, vol. 25, núm. 1, 2016

Universidad del Zulia

Recepción: 25 Mayo 2015

Aprobación: 03 Noviembre 2015

Resumen:La idea de Unidad Continental derivó en la profusión de pensadores latinoamericanos que, partiendo de diversas posturas filosóficas, políticas y socio-culturales, dieron paso a corrientes de pensamiento que han sido objeto de estudio y análisis, y que aún hoy día tienen plena vigencia para estudiar la filosofía de esta parte del planeta. Así, el continentalismo latinoamericano derivó en un marcado antiimperialismo, cuyos principales exponentes constituyen el tema de este trabajo, y cuyo hilo conductor ideológico puede rastrearse a través del tiempo. Este trabajo es de tipo documental, sustentado en el método analítico aplicado a las fuentes doctrinarias consultadas, concluyéndose que las ideas expuestas, aún hoy en día, constituyen el sustrato del pensamiento por la unidad e integración de la región, y cuyo principal aporte, fue la postura a favor de la independencia económica, alejada de la interferencia extranjera que mediatizó la independencia política del subcontinente.

Palabras clave:
Antiimperialismo, unidad, continentalismo, Latinoamericanismo.

Abstract:The idea of continental unity led to the profusion of Latin American thinkers that, based on various philosophical positions, and socio-cultural policies gave way to currents of thought that have been the subject of study and analysis, and that even today are fully applicable to study the philosophy of this part of the planet. Thus, the Latin American continentalism led to a marked anti-imperialism, whose main exponents are the subject of this work, whose ideological driver thread can be traced through the time. This work is documentary, based on the analytical method applied to the doctrinal sources consulted, concluding that the ideas, even today, are the bedrock of thought for the unity and integration of the region, whose main contribution was the position in favor of economic independence, away from foreign interference that interfere with political independence of the subcontinent.

Keywords:
Imperialism, unity, continentalism, Latin Americanism.

Introducción


Los investigadores y estudiosos que conocen conceptos latinoamericanos han oído hablar de la Patria Grande o de la Nación continental. Son términos que intelectuales latinoamericanos han usado en la descripción de su continente. El concepto de continente se define normalmente en términos geográficos, como una masa continua de tierra que es limitada por el mar u otras fronteras físicas. En América Latina este concepto ha tenido un significado particular que es más que un concepto geográfico: el aspecto de la comunidad política ha sido incluido en "lo continental".

La patria de un individuo no tiene que estar necesariamente dentro de un determinado Estado - nación. De hecho, según la investigación histórica moderna que ha estudiado la formación de las comunidades políticas, el nacionalismo siempre ha precedido a la nación. Por lo tanto, la nación nunca ha sido un fenómeno primordial que hubiera sido hecho para un terreno estrictamente limitado, sino que detrás de la idea nacional ha funcionado una utopía que muy a menudo ha encontrado su espacio físico de una forma bastante arbitraria. De estas utopías se hablará en este artículo.

Se propone analizar las tradiciones de la unidad continental latinoamericana como una base de "la nación gigantesca", de una comunidad política utópica. Esta utopía de la unidad, inventada ya dentro de la colonia y hecha concreta en el ideario de Simón Bolívar, se intensificó otra vez a principios del siglo XX, cuando las nuevas amenazas compartidas a nivel continental, como el imperialismo de Estados Unidos, crearon las bases para los nuevos movimientos intelectuales y sociales.

El objetivo de este trabajo consiste en analizar cómo el concepto de la nación fue concebido por los diferentes intelectuales de las últimas décadas del siglo XIX y principios del siglo XX, que pueden ser definidos como antiimperialistas continentalistas y, en especial, sus aportes a las ideas de Unidad continental. Cuando se habla aquí del movimiento antiimperialista continental, referimos al amplio pensamiento latinoamericano que surgió de ideas muy heterogéneas (ideas socialistas, humanistas, espiritualistas, hispanistas, indigenistas, etc.), de cuyos representantes se mencionará a José Martí, José Enrique Rodó, Manuel Ugarte, José Vasconcelos, Víctor Raúl Haya de la Torre y Augusto César Sandino. No se trata de ningún movimiento social determinado, sino más bien de un conjunto de diferentes ideas que estaban buscando la identidad y la soberanía latinoamericanas.

El discurso antiimperialista de estos intelectuales era internacionalista, y el continentalismo (la llamada por la unidad) estaba definido por la amenaza externa (el imperialismo). La tradición bolivariana de los tiempos de la independencia adquirió nuevas dimensiones. América Latina tenía que unirse para que las estructuras que habían explotado al continente durante cientos de años pudieran ser eliminadas y para que la independencia económica y política finalmente fuera posible. Desde este ángulo, el imperialismo extranjero -unido a la pequeña oligarquía nacional de cada país- impedía el desarrollo nacional y continental; la voluntad del pueblo -la nación y el continente soberanos- no era realizable sin la unificación.

Se usa la palabra continentalismo como una forma de nacionalismo, aunque se hace de una manera conceptualmente arriesgada. Es obvio que el concepto de nacionalismo se origina etimológicamente en la nación. Sin embargo, aquí se entiende el nacionalismo como un "paquete discursivo" o como una "receta" de la comunidad política, que es aplicable también en las comunidades más grandes que un Estado-nación.

Al aceptar esta perspectiva, también se redefine con cierta heterodoxia el concepto del nacionalismo; se usa como una idea o teoría de la comunidad política nacional y continental (nación, nacional - nacionalismo, nacionalista; continente, continental - continentalismo, continentalista). Se arriesga a hacer esto porque la historia de la comunidad latinoamericana -o mejor, hispanoamericana - conlleva muchos elementos de una comunidad política imaginada. A menudo estos elementos continentalmente compartidos han funcionado al mismo nivel y en los mismos fenómenos en los que funciona el nacionalismo (el idioma, los semejantes sistemas educativos instituciones estatales, historias compartidas, amenazas externas como el imperialismo, entre otros.).

1. La concepción estado-nación en América Latina


Las concepciones de nación y de nacionalidad están vinculadas con la de la identidad y el progreso socioeconómico de los países latinoamericanos. El surgimiento del concepto de pueblo-nación animado por una conciencia común se vio obstaculizado, entre otros motivos, por las enormes diferencias sociales en las sociedades latinoamericanas.

Desde los años veinte, del siglo XX, el nacionalismo económico gana progresivamente en significación. La formación de un Estado fuerte y la nacionalización de las industrias que se encontraban en manos extranjeras, se propagó como estrategia de desarrollo. Desde este punto de vista, el nacionalismo es visto en América Latina, hasta el presente como un factor progresista.

No obstante, es preciso destacar las razones principales que llevaron a América Latina a plantearse la discusión sobre la concepción estado-nación, el cual se inicia con la independencia, a principios del siglo XIX.

En América Latina las condiciones necesarias para la emancipación, surgen fuera de las colonias, pero diversos historiadores indican que ya hacia fines del siglo XVIII hubo rasgos de patriotismo en las tierras españolas de ultramar. El descontento se manifestó, primero, entre los indios y las poblaciones negras; entre otros, en el movimiento de Jacinto Canck, en México (1761) y de Túpac Amaru en Perú (1780-1782); en el levantamiento de los comuneros en Nueva Granada (1781) y de los Tiradentes en Brasil (1789). Esos levantamientos fueron protagonizados por los estratos bajos. "Eran una forma de protesta social, pero les faltaba una perspectiva nacional. "(Werz, 1991:69).

La clase alta criolla —los descendientes de españoles nacidos en las colonias- hacia comienzos del siglo XIX, se hacían planteamientos de patriotismo regional que apuntaba al centralismo administrativo de los españoles ricos de las colonias. Los criollos querían participar en el comercio exterior más intensamente de lo que lo habían hecho hasta ese momento; su común denominador era la rivalidad hacia España. A fin de superar el status colonial, apelaban a la libertad y a la autodeterminación. La identificación como "americanos" no se refería a las características etnoculturales de los nuevos Estados o de sus pueblos. La emancipación con respecto a España aparecía en un primer plano.

Ya antes de la independencia formal de España, con todo, las colonias ingresaron en una "fase protonacional" y algunos territorios ya habían alcanzado conciencia de su individualidad nacional. El patriotismo del criollo y sus intereses se concentraban en las ciudades capitales.

Este fue uno de los motivos de por qué la "patria chica" terminó imponiéndose frente a la "patria grande". La apelación a la nación latinoamericana se transformó pronto en un mito histórico, aún cuando ya Bolívar había hablado, con todo realismo, de los fundamentos insustituibles de la única nación. La presencia del "Ejército Libertador" internacional en Bolivia propició el nacimiento de una conciencia patriótica propia y la oposición en contra de una federación continental. Esta oposición no tenía su origen en la oligarquía terrateniente, sino en los estratos de la burguesía. (Werz, 1991)

A pesar del patriotismo existente en cada uno de los países, la formación visible del Estado se alcanzó mucho tiempo antes de que culminara el proceso de formación de la nación. Sin embargo, si ésta se define como un proceso en el cual los componentes social o regionalmente separados entre sí de un pueblo, efectivizan su capacidad de integración comunicativa, desarrollan una nueva conciencia comunitaria y se reconocen como una nacionalidad, entonces los Estados latinoamericanos estaban lejos de esto.

Con las constituciones liberales, los habitantes de los territorios nacionales debían alcanzar la condición de ciudadanos libres y con iguales derechos, y los Estados que nacían debían tener dentro de sí un pueblo esclarecido; una política planificada de inmigración tenía que contribuir a este propósito. Sin embargo, la realidad constitucional constituyó sólo retórica y se hizo evidente la conciencia del abismo entre el marco institucional y el contexto social.

La concepción de nación latinoamericana la cual se nutre a través de las gestas heroicas de Bolívar y de otros libertadores se desvalorizó, primero por el deseo de dominio de algunos caudillos y la hostilidad de potencias extranjeras; a ello se unieron aspectos materiales tales como la amplitud de los espacios geográficos con insuficientes medios de comunicación y la rivalidad entre las ciudades, en las cuales los derechos de aduana procedentes del comercio exterior fueron durante largo tiempo la única fuente de ingresos.

El siglo XIX latinoamericano, con sus guerras, pugnas por el poder, intervencionismo extranjero y enormes abismos sociales, hizo que ese nacionalismo no se concretara en el seno de los nuevos estados. Sin embargo, el resurgimiento del nacionalismo continental se produjo hacia finales de siglo, cuando se hizo evidente el crecimiento del poder imperial de Estados Unidos en el Caribe. Estados Unidos, que hasta ese entonces había sido modelo para América Latina, aparece como obstáculo para el desarrollo del Subcontinente. Por lo tanto, el nacionalismo decimonónico latinoamericano, fue más cultural que político, surgiendo como reacción ante la intervención de Estados Unidos en América Central y en el Caribe, apelando a los valores de los latinos e hispanoamericanos.

2. Sobre el significado del antiimperialismo.

Pero, ¿qué es, estrictamente hablando, el antiimperialismo? Una primera Idea que es preciso introducir es que no todo o, más bien, casi nada, es evidente aquí. Interesa, entonces, tratar de avanzar en el esclarecimiento de algunos aspectos ligados a esa "no evidencia". En principio, el antiimperialismo podría definirse como una modalidad de la resistencia política y cultural que involucra aspectos diversos, entre los que cabe mencionar un tipo de discurso, una retórica, una simbología, una serie de gestos dotados de rasgos específicos. Por esta vía es posible avanzar en la formalización de matrices discursivas y en la identificación de procedimientos formales típicos. La caracterización que ofrece Ana María Vara de la matriz narrativa sobre la que se apoya lo que designa el "contra-discurso neocolonial de los recursos naturales" y el intento de Andrés Kozel de inventariar una serie de rasgos del "ensayo histórico antiimperialista", son esfuerzos que, aunque no necesariamente sumables, se orientan en esa dirección (Vara, 2013; Kozel, 2012; 2010). Sin embargo, y aun cuando constituye un buen punto de partida, una definición así dista de resolver todos los problemas implicados. Una cuestión medular tiene que ver con cómo pensar la localización del antiimperialismo en el campo ideológico. Plantearla adecuadamente supone la forja de herramientas analíticas apropiadas para pensar las relaciones entre lo particular y lo general; se trata, en definitiva, de enfrentar algunos temas clásicos asociados a la teoría de conjuntos, pero también de otras cosas, para lo cual nos basaremos principalmente en los aportes de Cornelius Castoriadis (2013) y Pierre Ansart (1983). Para comenzar, parece conveniente hacer a un lado las definiciones del antiimperialismo que lo conceptúan como un cuerpo doctrinario o sistema ideológico particular. Por esta vía, el antiimperialismo aparecería como una ideología entre otras, a las cuales se contrapondría en la disputa en torno a la verdad acerca de lo social. Ocurre que, si se mira con detenimiento, el antiimperialismo no parece ser un fenómeno de ese tipo. En efecto, no sería difícil mostrar que el antiimperialismo se hace presente en más de una doctrina o ideología particular. Habría, de hecho, dosis importantes de verdad histórica de justicia.

En América Latina, el antiimperialismo no ha sido antes ni es hoy de alguien en particular. Siendo de nadie y, potencialmente, de todos, el antiimperialismo no parece ser exactamente un cuerpo doctrinario o un sistema ideológico, como sí lo serían, al menos en principio, el anarquismo, el socialismo, el liberalismo, el conservadurismo. Pero entonces, ¿de qué estamos hablando? Una posibilidad sería argumentar que el antiimperialismo es un elemento, algo así como un ornamento o voluta, que aparece integrando y eventualmente enriqueciendo y/o complicando algunos cuerpos doctrinarios o sistemas ideológicos particulares. De seguirse esta vía, se abren enseguida nuevas preguntas, relativas a los grados de afinidad entre cada uno de los distintos cuerpos doctrinarios y el componente antiimperialista, al peso relativo que éste puede adquirir dentro de los cuerpos permeables a su incidencia, a los eventuales efectos del componente —catalizadores, distorsivos, decorativos, etc.— sobre los equilibrios internos de los cuerpos. Ninguno de los derroteros de investigación insinuados por estas preguntas carece en principio de interés

Sucede que si el componente antiimperialista aparece y reaparece con tanta insistencia, articulándose con distintos cuerpos doctrinarios y sistemas ideológicos particulares, es porque posee aptitudes que le permiten cumplir con determinadas funciones y también, y más fundamentalmente, porque remite a disposiciones situadas en otros niveles. Avanzar en esta línea de reflexión abre la posibilidad de pensar al antiimperialismo como una sensibilidad subyacente o como un gran telón de fondo inescapable, sino para todas, al menos para algunas familias doctrinarias e ideológicas. Este modo de enfocar el tema habilitaría a pensar el antiimperialismo como un imaginario particular e, incluso, más ampliamente, como una de las dimensiones.

El imaginario antiimperialista en América Latina del imaginario social, colocándolo en relación estrecha con núcleos de significaciones socialmente decisivas. En pocas palabras, así entendido, el antiimperialismo sería un componente activable desde distintas posiciones ideológicas, dado su enraizamiento en disposiciones ubicadas en capas "más profundas" de significación. El antiimperialismo puede así ser voluta u ornamento —con distintos grados de funcionalidad o disfuncionalidad— pero puede ser también más cosas, dependiendo del caso. Mentar la ubicuidad relativa y el profundo anclaje del antiimperialismo no equivale a mentar su omnipresencia ni tampoco la adhesión generalizada a los núcleos de significados que porta. Nuestras sociedades se caracterizan, entre otras muchas cosas, por el carácter constante de las disputas por el sentido y la verdad acerca de lo social; franjas enteras de los sistemas ideológicos particulares pueden rechazar el componente antiimperialista, o ser relativamente indiferentes a él. Aun cuando nada está completamente predeterminado en la esfera de las significaciones, el papel de las tradiciones y las sagas simbólicas es de la mayor importancia aquí. Podría sostenerse que, así como habría tradiciones sensibles, permeables, afines, a la disposición antiimperialista, habría otras inmunes, impermeables, ajenas. De hecho, en la mayor parte de América Latina, el antiimperialismo no es una disposición compartida por la totalidad de la población.

3. El Latinoamericanismo de Rodó

El Latinoamericanismo, como conciencia de la identidad cultural y política, tuvo como principal exponente a José Enrique Rodó, figura literaria uruguaya. José Enrique Rodó (1872-1917) autor de Ariel, libro aparecido en 1900, fue profesor de literatura en la Universidad de Montevideo y desde 1902 hasta 1914, diputado por el Partido Colorado, y su obra se inspira en las figuras contrapuestas de Ariel y Calibán, del drama de Shakespeare. Para Rodó, Ariel es la personificación del latino culto, orientado a los valores morales, mientras Calibán lo es del utilitarismo y pragmatismo norteamericano. La belleza y la naturaleza son contrapuestas a la eficiencia y al utilitarismo. Rodó representa un modelo de educación humanista, que intenta el desarrollo de la totalidad del hombre. La segunda parte del libro contiene expresiones acerca de la política, en las cuales se pone de manifiesto una comprensión aristocrática de la democracia.

Rodó formula, en Ariel, reflexiones que reflejan su pensamiento político:

“… Teniendo en cuenta la conquista moral a manos de Estados Unidos, los latinoamericanos tendrían que acordarse de su latinidad, la que en Rodó se transforma en un cosmopolitismo occidental. Cita a autores franceses, italianos y alemanes, pero casi nunca a autores latinoamericanos. Las tradiciones indígenas no existen, Rodó representaba un americanismo cultural, el que también estaba contenido bajo la invocación a Bolívar. En sus escritos, se echan de menos entonaciones nacionalistas que pudieran hacer referencia a un Estado único: sus reflexiones se aplican a los individuos singulares, quienes, por su parte, deberían contribuir la conformación de la personalidad de la joven América." (Werz, 1991:75).



El americanismo de Rodó configura un hito clásico en el pensamiento unionista latinoamericano. En 1896, proponía para "la unidad política vislumbrada por la mente del Libertador", el siguiente lema: "por la unidad intelectual y moral de Hispanoamérica". En Ariel, sin dejar de hablar con reiteración de "América" con espíritu ante todo hispanoamericanista, manifiesta su temor hacia la desvalorización del latinoamericanismo cultural. (Rodríguez, 1967).

Rodó da su visión de la patria:

"patria es, para los hispanoamericanos, la América española. Dentro del sentimiento de la patria cabe el sentimiento de adhesión, no menos natural e indestructible, a la provincia, a la región, a la comarca; y provincias, regiones o comarcas de aquella gran patria nuestra, son las naciones en que ella políticamente se divide. Por mi parte, siempre lo he entendido así, o mejor, siempre lo he sentido así. La unidad política que consagre y encarne esa unidad moral —el sueño de Bolívar-. Es aún un sueño, cuya realidad no verán quizá las generaciones hoy vivas. iQué importa! (Varios, 1980:253)

Rodó asume la expresión América Latina para referirse al subcontinente. Lo hace para seguir interpretándola, igual que a la propia expresión América, a partir del arraigado espíritu hispanoamericanista:

"alta es la idea de la patria; pero en los pueblos de América Latina, en esta viva armonía de naciones vinculadas por todos los lazos de la tradición, de la raza, de las instituciones, del idioma, como nunca las presentó juntas y abarcando tanto espacio la historia del mundo, bien podemos decir que hay algo aún más alto que la idea de la patria, y es la idea de la América, concebida como una grande e imperecedera unidad, como una excelsa y máxima patria, con sus héroes, sus educadores, sus tribunos; desde el golfo de México hasta los hielos sempiternos del Sur. Ni Sarmiento, ni Bilbao, ni Martí, ni Bello, ni Montalvo, son los escritores de una u otra parte de América, sino los ciudadanos de la intelectualidad americana". (Varios, 1980:253)

La idea latinoamericana había llegado a ser para él dominante; ello se revela en su discurso en el congreso chileno, cuando la celebración centenaria de 1910. Pese a que el Centenario de que se trataba lo era de la insurrección independentista de las que habían sido colonias españolas, no duda entonces en incluir al Brasil en su concepción de la gran patria continental:

"en la América... no era posible hablar de muchas patrias, sino de una patria grande y única;… es alta la idea de la patria, expresión de todo lo que hay de más hondo en la sensibilidad del hombre: amor de la tierra, poesía del recuerdo, arrobamiento de gloria, esperanzas de inmortalidad, en América, más que en ninguna otra parte, cabe, sin desnaturalizar esa idea, magnificarla, dilatarla; depurarla de lo que tiene de estrecho y negativo y sublimarla por la propia virtud de lo que encierra de afirmativo y de fecundo: cabe levantar, sobre la patria nacional, la patria americana, y acelerar el día en que los niños de hoy, los hombres del futuro, preguntados cuál es el nombre de la patria, no contesten con el nombre de Brasil ni con el nombre de América. Toda política internacional americana que no se oriente en dirección a ese porvenir y no se ajuste a la preparación de esa armonía, será una política vana o descarriada” (Varios, 1980:253)

La idea de solidaridad latinoamericana en todo su alcance, había quedado plasmada en su pensamiento y acción:

"no concurre en el Libertador... merecimiento más glorioso, si no es la realización heroica de la independencia, que la pasión ferviente con que sintió la natural hermandad de los pueblos hispano-americanos y la inquebrantable fe con que aspiró a dejar consagrada su unidad ideal por una real unidad política. Esta idea de unidad no era en él diferente de la idea de la emancipación: eran dos fases de un mismo pensamiento; y así como ni por un instante soñó con una independencia limitada a los términos de Venezuela, ni de los tres pueblos de Colombia, sino que siempre vio en la entera extensión del Continente el teatro indivisible de la Revolución, nunca creyó tampoco que la confraternidad para la guerra pudiese concluir en el apartamiento que consagran las fronteras internacionales. La América emancipada se representó desde el primer momento a su espíritu como una indisoluble confederación de pueblos: no en el vago sentido de una amistosa concordia o de una alianza dirigida a sostener el hecho de la emancipación, sino en el concreto y positivo de una organización que levantase a común conciencia política las autonomías que determinaba la estructura de los disueltos virreinatos". (García, 1957:130)

Con respecto al Congreso de Panamá, Rodó destaca la trascendencia del mismo y señala que éste constituyó:

"ideal de permanente vitalidad, especie de deslumbrante arco iris espiritual que va desde Méjico hasta las rocas de la costa patagónica. Si de momento, por ahora, esa unidad hispano-americana no puede ni podrá quizás en mucho tiempo elevarse a la categoría de hecho de resaltante efectividad, nada quita que, en el correr del tiempo, lo llegue a ser en forma que escapa por completo a nuestras miradas. Por lo pronto, vamos alcanzando ya una unidad espiritual que, bien vista, vale y significa más que la otra..." (García, 1957:131)

La obra de Rodó sirvió de una manera excelente a los intelectuales latinoamericanos, preocupados por la creciente influencia norteamericana, en definir diferenciar y defender a América. Su idealismo elevó a un nivel ético y cultural la utopía de nacionalidad latinoamericana; esta solo habría que unirse y rechazar el materialismo y el positivismo anglosajón y ganarles con las virtudes de la espiritualidad latina. (Pakkasvirta, 2003)

4. Vasconcelos y el nacionalismo continental

El mexicano José Vasconcelos (1882-1959), quien después de la revolución mexicana de 1921-1924 fuera ministro de educación de su país y candidato a la presidencia, representó un nacionalismo continental que buscaba ubicarse en el contexto español. El retorno a las raíces indígenas estaba lejos de él. Vasconcelos rechazaba la "desespañolizacion”, tal como ésta era puesta en práctica por los pensadores positivistas y liberales del siglo XIX. Polemizaba en contra de un falso universalismo, "en la actual situación de la política mundial, el internacionalismo sólo fortalecería la supremacía de las naciones más poderosas". (Wertz, 1991:75)

Planteó, que así como los norteamericanos estarían vinculados con Inglaterra, así también tendrían los latinoamericanos que identificarse con España. "La polémica anti-hispánica y nuestra adaptación al modo de vida anglosajón, que fuera promovido históricamente por los ingleses, menoscaba desde un principio nuestra capacidad de discernimiento". (Wertz, 1991:75)

Esta ideología continental del iberoamericanismo encuentra su expresión en la "teoría de la raza cósmica", en cuanto modelo del hombre por venir. Así como ese modelo de hombre debería conformar una síntesis de todas las razas anteriores, así también la comprensión que tiene Vasconcelos del nacionalismo conserva sólo esa parte positiva y abierta al mundo. "Nacionalizarnos es independizarnos de los diversos imperialismos económicos, morales y políticos que han estado pesando sobre nuestro desarrollo individual y colectivo". (Mariátegui, 1971:78).

Sin embargo, algunas de sus tesis fueron cuestionadas, en especial aquellas acerca de las culturas indígenas y acerca de España.

Vasconcelos, no obstante su pensamiento, duramente criticado, valoraba la esencia americana y el nacionalismo hispanoamericanista, reivindicando un lugar protagónico a España como constructora de una herencia común.

5. El antiimperialismo: José Martí, Manuel Ugarte y Augusto César Sandino

De la crítica cultural a Estados Unidos, se pasa a un antiimperialismo ya sea nacional o latinoamericano. En consecuencia, y por primera vez en la historia latinoamericana, el nacionalismo logró, de alguna manera movilizar a las masas. Este nacionalismo económico, (tal como se presenta por primera vez en la revolución mexicana de 1910-1917), propaga la idea de un Estado nacional-revolucionario. Así pues, el nacionalismo se transforma en una ideología emancipadora. Partidos nacional-revolucionarios, pasan a formar parte de sus más importantes propagandistas. Se trataba de alcanzar una "segunda independencia nacional"; en otras palabras, a la independencia política formal de comienzos del siglo XIX, debía seguir ahora la independencia económica con respecto al imperialismo de Estados Unidos, según se desprendía de esta nueva tendencia.

Dado que a finales del siglo XIX y principios del presente, la noción de Estado era marcadamente estatista; se consideró que debía establecerse un Estado que asumiera los intereses nacionales, activara la industrialización, nacionalizara los más importantes yacimientos de materias primas y las industrias claves, e impusiera reformas sociales en beneficio de la mayoría de la población. Este era el proyecto económico de un régimen populista en el cual convergían, de manera contrapuesta, elementos de una economía de mercado y de una economía planificada, lo que debía hacer posible una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo.

José Martí (1853-1895), precursor del movimiento independentista cubano, fue tanto escritor como ensayista político. Su trabajo "Nuestra América" (1891) es trascendental para comprender el antiimperialismo. Es sólo en 1911 cuando aparece en forma de libro, ejerciendo una influencia cada vez mayor, basada en el hecho de que Martí había formulado de manera entusiasta la contraposición que entre Estados Unidos y América Latina ya era visible hacia fines del siglo XIX. Martí, que pasó gran parte de su vida en España y en Estados Unidos, desde donde emprendió largos viajes hacia varios países de Latinoamérica, murió en 1895, luchando contra España. Previamente, había preparado en Nueva York su campaña independentista y con esa finalidad había fundado el Partido Revolucionario Cubano.

Sus escritos constituyen un llamado a una acción conjunta de los latinoamericanos: "Nosotros hablamos del pueblo y no de los pueblos, pues nos parece que sólo se da uno, desde el Río Bravo hasta la Patagonia. Por esa razón, América debe llegar a ser una...". (Wertz, 1991:76) Los principales objetivos por los que luchó Martí fueron la independencia, el logro de una alianza supranacional, y una Constitución republicana que preservara los derechos a la libertad individual. A semejanza de sus contemporáneos, también él creía en el progreso. Defendió los derechos de la población indígena y destacó la peculiaridad de los países latinoamericanos, que los hacía a todos, no obstante un origen cultural común, diferentes.

Consideraba Martí que la falta de desarrollo en América Latina tenía sus orígenes en interpretaciones poco realistas e inconvenientes. América fue el objeto central de su actividad política e intelectual, a cuyo estudio dedicó parte de su creación literaria. En su obra, en conjunto, hay un rescate de la esencia y la integridad latinoamericanas; fue un propagandista de estas ideas y combatió con energía las posiciones que se apartaron de estos valores.

Sus crónicas sobre la Conferencia Internacional Americana y sobre la Conferencia Monetaria, y sus artículos sobre "Nuestra América" forman un conjunto en el que se resume su pensamiento antiimperialista:

Martí consideraba que:

"América no logró la independencia con separarse de España, porque este concepto es algo más complejo. Independencia es libertad y desarrollo económicos, es ser mayor de edad en política y no girar como satélite de una metrópoli que gobierna con nuevos métodos. Nuestra América no logró esto con la epopeya de 1810 porque lo impidieron otras fuerzas internas y externas; por eso, con la unidad más estrecha había que enfrentarse a la tarea de conseguir la segunda independencia, que no era otra cosa que escapar del manto del águila imperial"
. (Peñate, 1977:103)

Martí planteó tres ideas esenciales:

* La América Latina está formada por pueblos nuevos.

* Existe una naturaleza particular americana, es decir, rasgos espirituales, de sicología social, propios y peculiares.

* Las particularidades y especificidades americanas exigen análisis y soluciones propias.

Martí buscaba esa identidad más allá de la cercanía geográfica o de la comunidad lingüística, como hicieron algunos entonces, y que el reconocimiento de la autoctonía de América Latina era punto focal de su interpretación. Fue ese sentido de la autoctonía, explícito en tales escritos, lo que le impulsó a plantear la siguiente fórmula: "a conflictos propios, soluciones propias".

Martí identificaba a América mediante el contraste y, de cierto modo, hasta mediante la contraposición con Europa. Por consiguiente, no caben dudas de que desde un principio Martí:

"se siente obligado a trazar la identidad continental mediante la comparación y la diferenciación, procedimientos por los cuales justamente relaciona a la región latinoamericana con aquellas que habían sido o continuaban siendo modelos —y dominadores coloniales directos o controladores de sus recursos económicos... Es, pues, evidente, la intención liberadora —y descolonizadora- en el proceso de aprehensión del tema de la identidad por Martí". (Rodríguez, 1967:15)

La definición martiana de autoctonía continental alcanzó una fundamentación sociológica y cultural en uno de sus textos publicados en Guatemala. En la nación centroamericana publicó en 1877 un artículo titulado "Los códigos nuevos", en el que dejó plenamente esclarecido un concepto de identidad verdaderamente revolucionario para su tiempo.

Martí sostenía que la conquista interrumpió la civilización americana, creándose con el advenimiento de los europeos

"un pueblo extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo; no indígena, porque se ha sufrido la injerencia de una civilización devastadora, dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso; se creó un pueblo mestizo en la forma, que con la reconquista de su libertad, desenvuelve y restaura su alma propia". (Rodríguez, 1967:15)

La importancia de este análisis, el cual es de avanzada para su tiempo, llevaba a considerar y a entender a América Latina como resultado de la fusión —antagónica y contradictoria por ello- de dos civilizaciones: una conquistadora y dominante, y otra conquistada y dominada.

Martí, al igual que Bolívar, consideró que la obra de la independencia culminó con la creación de Estados nacionales que adoptaron su organización política copiándola de los países de Europa occidental y de Estados Unidos, naciones que marcaban el paso en el desarrollo de la modernidad industrial capitalista, lo cual en sí fue negativo para el desarrollo económico y político de estos países.

Asimismo Martí consideraba la necesidad de una América unida, un país nuevo que según sus palabras, contara con el cúmulo de virtudes no disfrutadas por las repúblicas latinoamericanas hasta ese momento. Considera que el futuro del continente debería conducir hacia la unidad hispanoamericana.

Asimismo y coincidiendo con Bolívar, Martí, al referirse a América se está circunscribiendo al territorio al sur del río Grande o Bravo, es decir, que en modo alguno está incluyendo a Estados Unidos. Asimismo, es muy significativa su manera de sostener la legitimidad de la unidad futura de América en sus escritos: ("Una ha de ser, pues, que lo es"). Ello indica:

"la peculiar dialéctica martiana entre el presente y el futuro continental: este se justifica en esa dirección unitaria en la medida en que ella se perfila desde la actualidad, puesto que viene dada... desde el pasado. La unidad política sería posible en el futuro porque ya hay una unidad de naturaleza, de identidad. (Rodríguez, 1967:39)

Por otra parte, es preciso destacar, el sentido de la unidad preconizada por Martí. Se trata, esencialmente, de unidad de espíritu, de alma, más que de unidad político-estatal, aunque a esta sea a la que se refiera en la anterior cita. Es obvio que Martí consideró que estos países no pudieran ser un estado único, al menos a corto o mediano plazo para la época que concibió su ideología.

Por otro lado, resulta interesante apreciar que Martí emplea como un mero punto referencial una realidad ya existente (Estados Unidos), y no como una analogía conceptual que de algún modo situase a esa entidad como modelo para ser tomado. Esa identidad espiritual entre los pueblos de América Latina, apunta en Martí hacia la unidad entre ellos, como se ha visto ya en citas anteriores, lo cual coincide plenamente con Bolívar y su pensamiento doctrinal de la Unidad Continental.

Para Martí identidad latinoamericana era igual a unidad, agrupamiento, (más de ideas, de propósitos y de acción que de integración político-estatal), y que esa unidad cumpliría la misión defensiva ante los peligros de la realidad internacional.

Consideraba vital arrojar a España de la región antillana, (Cuba, Puerto Rico) ya que, además de la explotación y dominio que la metrópoli ejercía, ese estatus colonial facilitaba la acción expansionista de Estados Unidos.

"más importante sería aún para Martí la constitución de la república nueva en Cuba y Puerto rico, y su progresivo alcance al influjo de ambas en la República Dominicana, desde cuyas tres islas tal sociedad republicana autóctona irradiaría su ejemplo sobre el resto del continente. Así, en las que él llamó las tres islas hermanas, habría de ejercerse, por consiguiente, esa preocupación por los derechos del hombre natural, de manera de no reiterar las repúblicas coloniales e incapaces de asegurar la acción sistemática de sus propios principios de constitución, objetadas por él en su texto Nuestra América."(Rodríguez, 1967:46-47)

Por tanto, las tres Antillas de habla hispana tenían un significado múltiple en la concepción martiana de la identidad continental. De una parte, contribuirían al desarrollo de aquella por ejercitar "soluciones propias" y "leyes nuestras", (autóctonas, no copiadas de modelos foráneos). Por otro lado, fundamentarían ese actuar hacia lo propio en la atención a las fuerzas sociales, portadoras de la autoctonía. Ambos factores, por último, también asegurarían, con sus propios ejemplos y experiencias, la conservación y a la vez la renovación necesaria de los rasgos de la identidad continental, tanto por presentar el camino del abandono verdadero de los rasgos coloniales que estaban limitando la expresión que evitasen la nueva dominación que se inauguraba, contraria a esa identidad de la región. (Rodríguez, 1967:48)

Este sentido dialéctico, de proceso, a la hora de considerar la identidad, es lo que permite entonces a Martí escapar a la tradición liberal del continente, entre Estado nacional y nación, incapaz por ello mismo —con independencia de sus condicionantes históricas y sociales- de sustentar en la práctica un proyecto de realización continental. Al mismo tiempo:

"la idea martiana que concebía la materialización plena y la culminación lógica de la identidad latinoamericana en su unidad, entendida esta como un proceso más o menos largo que no implicaba de inmediato la unión entre los Estados". (Rodríguez, 1967:48)

Martí proclamó como objetivo último de sus ideas y acciones la unidad regional —lícita en virtud de que la fundamentaba en la propia identidad latinoamericana- a partir de su despliegue en las Antillas y desde ellas.

La importancia de Martí como pensador y político la alcanzó sin dudas durante sus últimos años de vida, dedicados a las tareas de organizar la guerra independentista cubana. Entonces, su concepción acerca de la identidad continental, comenzó a abrirse camino real en el terreno de la realización práctica a través de la ejecución de su estrategia, liberadora para el continente y de proyecciones universales.

Para el afianzamiento y desarrollo de esa identidad laboró intensamente, al extremo de que su propia obra es hoy símbolo de esa alma continental, dentro de la cual su concepto de "Nuestra América" es elemento esencial. Su criterio del deber latinoamericano lo llevó a perder su vida en Cuba, a donde fue a "impedir con la independencia [de Cuba] que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos [quienes cayeron] con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América". (Rodríguez, 1967:49)

Su pensamiento, ha sido y es su principal aporte a la América, cuando esta se halla situada ante nuevas circunstancias para su identidad y su destino, en el marco de la nueva realidad económica internacional.

Por su parte, el argentino Manuel Ugarte (1875-1951), desde comienzos de siglo, aboga por una nación latinoamericana antiimperialista. Su nacionalismo continental lo condujo a un conflicto con el partido socialista argentino que lo expulsó de sus filas en 1913. En Francia, país en el que pasó muchos años de su vida, es donde Ugarte inicia su campaña a favor de una nación latinoamericana. En un ensayo titulado: "La defensa latina" (1901), reflexiona acerca de lo que sería un punto de vista latinoamericano, desde el cual la América Latina pudiera defenderse en contra de la invasión a través de la "América Anglosajona":

"la América española estaría dividida en tres zonas cuyo ordenamiento se establecería de acuerdo al grado de dependencia con respecto a Estados Unidos; el sur (Uruguay, Argentina, Chile y Brasil), se encontraría en proceso de desarrollo y sería independiente de todo influjo externo; la región intermedia (Perú, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Colombia) habrían retrocedido y se encontraría devastada por el clericalismo y la guerra civil; la tercera región, estaría conformada por los países situados al norte (México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica), los que estarían sometidos al influjo material y moral de Estados Unidos. (Wertz, 1991:79)

Ugarte atribuye la desintegración de América Latina en distintos Estados a la ausencia de vías ferroviarias y de líneas telegráficas, pues desde un punto de vista histórico, los países latinoamericanos, según él, guardaban mayores coincidencias que las naciones europeas. Para alcanzar a conformar una confederación, sería imprescindible un mayor conocimiento de las sociedades latinoamericanas. Consideraba que un mejor sistema de comunicaciones y la construcción de vías férreas entre los países serían instrumentos adecuados para la defensa de los intereses latinoamericanos

En el pensamiento político de Ugarte se mezclan el nacionalismo, el socialismo y el antiimperialismo. Así pues, está en contra de Estados Unidos pero a favor de un fortalecimiento de la influencia de Europa.

Entre los años 1912 y 1913, Ugarte realiza un viaje a través de varios Estados de América Central y de América del Sur y por medio de conferencias divulga su ideal de unidad latinoamericana remitiéndose a los padres fundadores, Bolívar y San Martín.

Señalaba:


"por eso somos invulnerables, porque tratamos de continuar la tradición de un pasado glorioso", [proclama en 1912 en Bogotá]... Desde una perspectiva moral, los latinoamericanos conformarían ya una unidad. Ahora se trataría de lograr lo mismo desde un punto de vista económico y político. (Wertz, 1991:80)

En sus escritos, la mayoría aparecidos en forma de artículos periodísticos, Ugarte asume algunos conceptos marxistas. Estas categorías están siempre relacionadas con la idea de una nación latinoamericana, lo que lo lleva a diversos planteamientos:

"las repúblicas de Iberoamérica son también, en su esfera, naciones proletarias. No por ser fabulosamente ricas dejan de ser proletarias. Son ricas por la fuerza de producción que llevan en sí. Pero trabajan para otros y dentro del sistema plutocrático, la fecundidad y la abundancia sólo benefician al capitalismo internacional". (Wertz, 1991:80)

Hacia el final de su vida, Ugarte juega un papel en el escenario político. Ejerció la diplomacia durante el gobierno de Perón y luego renuncia a la misma. Muere en 1951.

Augusto César Sandino, nicaragüense, (1893-1934) representa, frente a Estados Unidos, un nacionalismo latinoamericano o indohispánico. Sandino no se considera a sí mismo ni teórico ni político, sino hombre de acción. En 1927, cuando Nicaragua y Estados Unidos concluyen la guerra iniciada en el primero, Sandino es el único que no depone las armas. Con unos pocos cientos de hombres inicia una guerra de guerrillas en contra de los marines norteamericanos, cuyos ecos se hacen sentir por todo el continente. Estados Unidos intervino en los asuntos nicaragüenses en numerosas ocasiones, ocupando militarmente el país en 1909, 1912, 1916, 1924 y entre 1926 y 1931. En la última ocasión el patriota Augusto C. Sandino dirigió una fuerza de campesinos guerrilleros que, tras siete años de resistencia, consiguió que los marines se retirasen. Kozel et al (2015; 417)

La idea de la "dignidad nacional" traicionada por los que él llamaba "vendepatria" fue decisiva en el pensamiento de Sandino, el cual se ve a sí mismo como representante del “nicaragüense legítimo" y como un patriota que defiende la soberanía nacional: a este patriotismo de Sandino pertenece el fuerte rechazo a Estados Unidos; al respecto, coincide con Ugarte. Critica a los gobiernos latinoamericanos por su falta de solidaridad con los rebeldes nicaraguenses:

"por quince meses, el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, ante la fría indiferencia de los propios latinoamericanos, y entregado a sus propios recursos y esfuerzos, ha sabido, con honor y brillantez, enfrentarse a las terribles bestias rubias y a la caterva de traidores renegados nicaraguenses que apoyan al invasor en sus siniestros designios". (Wertz, 1991:80)

En su "Plan para la realización del más alto sueño de Bolívar" (1929), exige una única nación con una ciudadanía latinoamericana (art. 2), la creación de unas Fuerzas Armadas de Tierra y Mar de la Federación Latinoamericana (art.15) y la instauración de un Tribunal de Justicia, que ponga término a los conflictos existente y ordene el retiro de Estados Unidos de las zonas de intervención (art.4). Dicho Plan fue conocido solamente después de la muerte de Sandino.

Sandino planteaba que no sólo el dominio de los yanquis sino también las rencillas y discrepancias entre los latinoamericanos son responsables por la falta de unidad:

"los yanquis nos han estudiado bien y utilizan nuestro nivel cultural y la inconstancia de nuestro carácter para atizar el fuego, siempre y cuando favorezca a sus intereses. Para cambiar este estado de cosas, tendría que cesar, de una vez para siempre, la Doctrina Monroe: los Estados Unidos de América del Norte para los yanquis; Latinoamérica para los indo-latinos". (Wertz, 1991:80)

El contraproyecto político de Sandino consistía en la exigencia de un "gobierno nacional". Su lucha en contra de Estados Unidos y su muerte a manos de la Guardia Nacional, lo convirtieron en una contrafigura de la dictadura de Somoza. De ahí que, después, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) pudiera mantener durante largos años su unidad gracias a la invocación de la figura de Sandino. Este aparece como fundador de la "nicaraguanidad", la que el gobierno que surge del levantamiento popular de 1979 identifica dentro de su tradición; a partir de allí, el credo nacionalista de Sandino fue ampliado con la incorporación de algunos conceptos marxistas o bien antiimperialistas.

6. El Indoamericanismo de Victor Raúl Haya de la Torre

El pensador, ensayista e ideólogo peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), así como buen discípulo y secretario del también ideólogo, esta vez mexicano, José Vasconcelos (1882-1959), es el fundador en el día 7 de mayo de 1924, estando exiliado en México, de la APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), un proyecto de partido político revolucionario antiimperialista a nivel continental iberoamericano que aspiraba a lograr la unidad continental iberoamericana..

Dice Víctor Raúl Haya de la Torre que "El aprismo arranca filosóficamente del determinismo histórico de Marx y de la dialéctica hegeliana adoptada por él para su concepción del mundo. "(Giménez, 2006; 2)

Influido por Hegel y por Spengler y Toynbee, así como por la Geopolítica, construye una filosofía relativista política de la historia adaptada a sus fines políticos y entre éstos el principal, a saber: la consecución de la unidad continental de Indoamérica. La Nación o Pueblo-Continente indoamericano debe formar una entidad estatal.

Afirma que aspira a la "emancipación mental indoamericana de los moldes y dictados europeos". (Giménez, 2006; 5) Pretende construir una ideología política autóctona indoamericana y adaptada a la realidad de Indoamérica. Sin embargo, no se trata de ningún indigenismo que signifique un retorno a la época precolombina. Se trata de pensar los fenómenos políticos de Indoamérica desde Indoamérica y teniendo en cuenta el relativismo espacial, geográfico, temporal, histórico y por tanto político desde el que hay que pensar la realidad de Indoamérica.

Según Haya de la Torre, el devenir histórico discurre por varios caminos y sin un mismo y sincrónico movimiento. No hay una historia unilineal. Cada espacio continental tiene su propio ritmo histórico. Igual que hay un Espacio-Tiempo histórico europeo, hay un Espacio-Tiempo histórico chino o norteamericano y otro de Indoamérica. Todos los hechos políticos son relativos y condicionados por el espacio y el tiempo en el que tienen lugar según afirma. Sin embargo, matiza, "Espacio histórico no es, pues, únicamente, la influencia de la Geografía sino la constante relación telúrica del hombre y su tierra, su paisaje, su tradición, sus parentescos étnicos, su arte y sus muertos. En suma, todo aquello que nos suelda y atrae consciente y funcionalmente a una determinada región. Más justo habría sido decir que el Espacio histórico significa la influencia de la Socio-geografía o de la Antropo-sociogeografia si se le quería someter forzadamente a un casillero estricta y escuetamente técnico-científico. Porque ya incorporando una categoría sociológica al Espacio histórico entra en él la Psicología social que es un factor singularmente importante para completar su sentido vital e inseparable del Tiempo histórico." (Giménez, 2006; 7)

Por su parte, el Tiempo histórico significa el grado de desarrollo de las fuerzas productivas de una formación económico-social además del grado de desarrollo social y político de un país. "Hay algo más: el Tiempo histórico no es sólo concebible y observable cuando un pueblo adquiere la madurez de conciencia social que le capacita para ser protagonista e intérprete de su propio proceso y del proceso del mundo. No bastan, pues, el ámbito geográfico y una raza habitante para alcanzar la conciencia del Espacio-Tiempo histórico y la categoría de Pueblo-Continente. Hace falta una dinámica económico-social en apreciable desarrollo y un cierto grado de cultura y de relación funcional con la multiplicidad y universalidad de los demás procesos históricos del mundo." (Giménez, 2006; 9) El ámbito geográfico nacional del Perú es insuficiente para Haya de la Torre. Sólo el continente indoamericano tiene relevancia política e histórica.

El Espacio-Tiempo histórico sólo existe si hay Historia así como conciencia de ella. "El Espacio-Tiempo... no existe sin la Historia. Vale decir, no es posible sin la conciencia política que es la Historia." (Giménez, 2006; 10)

Esta conciencia social se interpreta de forma psicológica. Se trata pues, de "la capacidad psicológica de un grupo social para realizar su historia y para interpretarla desde su propia realidad." (Giménez, 2006; 11)

Entonces, "el relativismo de la política está determinado por la realidad geográfica y social, por el grado de evolución económica, por la raza y la historia de cada colectividad, que todo esto implica el espacio-tiempo histórico." (Giménez, 2006; 12) Es un relativismo político, histórico y cultural el que resulta de la teoría del espacio-tiempo-histórico de Haya de la Torre. "La concepción del espacio-tiempo-histórico de Haya de la Torre, no hace otra cosa que tratar de introducir en la historia el relativismo aceptado en la física del siglo XX y el cual desconoció Marx." (Giménez, 2006; 13).

Víctor Raúl Haya de la Torre, como se ha señalado, fue el fundador de La Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), lo cual tuvo influencia sobre numerosos partidos políticos en diversos países latinoamericanos. Este grupo de partidos, que se caracterizaba por un antiimperialismo focalizado en Estados Unidos, fue conocido también como "partidos populares" o "nacional revolucionarios". Algunos de estos como, por ejemplo, Acción Democrática (AD) de Venezuela o el Partido de Liberación Nacional de Costa Rica, durante un largo tiempo fueron determinantes en la evolución de los procesos políticos de sus países. Estos, sin embargo, así como el partido aprista peruano, se alejan de sus respectivas esencias antiimperialistas y socialreformistas.

El Programa Internacional del APRA, contiene cinco puntos, que explican su posición frente a las concepciones nacionalistas de alcance latinoamericano; pronunciándose:

a.- Contra el imperialismo yanqui

b.- Por la unidad política de América Latina

c.- Por la nacionalización de latifundios e industrias

d.- Por la internacionalización del Canal de Panamá

e.- Por la solidaridad con todos los pueblos y clases explotadas del mundo.


En sus primeros planteamientos, Haya de la Torre señala a los "pueblos antiimperialistas", como aquellos que tienen que decidir sobre el futuro en lugar de las oligarquías, las cuales eran, según su punto de vista, colaboradores del imperialismo. Haya de la Torre consideraba que el imperialismo yanqui exige una reacción compartida en Indoamérica:

"como primer paso, en nuestro camino... a una defensa antiimperialista, el APRA propone la unidad política y económica de las 20 Repúblicas en las cuales se divide la gran nación indoamericana". La creación de una nación indoamericana (en escritos posteriores habla también de estados nacionales independientes), sería imprescindible para un posterior progreso económico. Nosotros necesitamos nuestra Revolución Francesa o, para permanecer en nuestro lenguaje, nuestra Revolución Mexicana, que conecte la lucha en contra del feudalismo con la lucha en contra del imperialismo". (Wertz, 1991: 82)

Su premisa principal, la cual plasma a sus obras, es la necesidad de luchar en contra del imperialismo de la influencia extranjera, la cual se combatiría mediante una alianza de clases de todos los sectores productivos. Haya de la Torre no habla de Latinoamérica o Hispanoamérica, sino de Indoamérica ("!no nos avergoncemos de llamarnos indoamericanos¡), expresa en 1938.Abogaba, Haya de la Torre por la unidad continental indoamericana y consideraba:

“… que los países de Indoamérica tendrían que llevar a cabo una modernización estructural, previa a una revolución socialista. Las etapas capitalistas tendrían que ser recorridas bajo el liderazgo de un Estado antiimperialista, pues la industrialización es imprescindible. El proletariado industrial, los campesinos y la clase media tendrían que ser los soportes de ese nuevo Estado. "El APRA con su —por llamarlo de alguna manera- antiimperialismo constructivo, funda una tradición de tipo estatista que habría de ser continuada posteriormente por los regímenes populares de Argentina y de Brasil". (Wertz, 1991: 82)

Su visión de la historia humana y de América implica una nueva concepción respecto a la esencia de la realidad cultural de este subcontinente.

Su pensamiento sobre la Filosofía de la Historia concebía cada realidad histórico-social como una unidad específicamente distinta de todas las otras.

"aquello que Latinoamérica había venido forjando dificultosamente a través de los mil vericuetos de la historia —la conformación de una propia figura y fisonomía histórica-, y que fue buscado luego conscientemente por los abnegados espíritus que llevaron sobre sus espaldas el duro privilegio de guiar nuestro destino, adquiere en Haya de la Torre una dimensión filosófica. La América Latina es una unidad histórica con una esencia y una individualidad de líneas absolutamente definidas, con leyes y características irreductibles a toda otra". (Decamilli: 1946:50)

El nombre de América es un asunto que para Haya de la Torre, no es invención ni de semántica. Al contrario, corresponde a una época y forma de la evolución política y social del continente y tiene un contenido histórico, étnico, espiritual y político. Para Haya de la Torre "Hispanoamericanismo" es igual a Colonia; "Latinoamérica" es igual a Independencia y República; "Panamericanismo", igual Imperialismo; Indoamericanismo, igual unión y libertad". Es decir, que cada una de estas denominaciones son expresión de una determinada situación económico-social, y por ende, política, cultural, social e ideológica, ya que, como se ha señalado, para Haya de la Torre lo que define sustancialmente la historia es lo económico.

Por consiguiente, en la decisión respecto al nombre va en juego el reconocimiento o la pérdida de la realidad fundamental que constituye la realidad histórica de América.

"haciendo uso del método dialéctico, nos muestra Haya de la Torre las etapas del movimiento de nuestra historia, siguiendo el desarrollo de la estructura económica. La tesis la constituye la América precolombina. La antítesis la conquista hispana, y la primera síntesis inevitable, como toda vida, como toda historia, la colonización hispana con su proceso de mezcla de razas, feudalismo virreinal y la religión. "(Haya de la Torre, 1961:54-55)

Haya de la Torre intentó descubrir la realidad de América, no inventarla: los indoamericanos debían lograr la síntesis que correspondiera a su propia realidad histórica contemporánea.

Para Haya de la Torre el problema de América no era como en Europa, un problema de clase social; es el problema social de la existencia de una mayoría de hombres de una raza en condiciones sociales misérrimas, en un espacio — tiempo histórico completamente diferente al espacio-tiempo de los centros urbanos y de las costas, según el cual vive la clase media y el extracto de latifundistas y plutócratas. (Decamilli, 1946)

Haya de la Torre al explicar su pensamiento, da mucha importancia al elemento indígena. Los indígenas constituyen en primer término la inmensa mayoría de la población de América (75 por 100 aproximadamente). Incluía tanto a los indios "puros" como también a los mestizos. De esta manera responde a la objeción de aquellos que argumentan contra las cifras que parecen atestiguar el predominio de lo indígena, señalando que en algunos países los indios constituyen una minoría, como, por ejemplo, en Costa Rica, Cuba, Colombia, Chile, Brasil, Uruguay y Argentina. Señala que no "es la razón del número, el dato del censo, el índice estadístico, lo que apoya el indoamericanismo como nombre y como idea". (Haya de la Torre, 1942:59). Esos altos porcentajes de población daban al indio factor decisivo en la estructuración económica y social, así como en la determinación de la cultura.

"la tradición, la raza y la explotación de sus indígenas... representan desde la época precolombina la base de nuestra productividad... Las grandes masas nacionales de trabajadores en nuestros pueblos en su mayoría indios, constituyen la base de nuestra cultura y la médula de nuestra vida colectiva. El indio como raza no sólo es fuerza económica y social, sino fuerza tradicional, fuerza histórica; el indio aporta algo más que sus condiciones de vida y el problema social que estas condiciones crean. A ella aporta la fuerza histórica de su raza". (Haya de la Torre, 1935:23)

En su pensamiento político, Haya de la Torre planteaba que la política de estas naciones ha sido fiel reflejo del desequilibrio inorgánico que rige todo el desarrollo de la historia americana.

"señalaba que la consecuencia de esta situación histórica ha sido el abandono de la política a la deriva de los acontecimientos... a la conveniencia caprichosa de los oportunismos, al vaivén de la dictadura, a la rebelión, y de la rebelión al soborno. Nuestro Estado, en realidad, no ha representado nunca a nadie. No ha representado a las masas mayoritarias de campesinos y obreros, no ha representado a la pequeña burguesía y a las clases medias, y apenas si ha representado a los intereses de la pequeña minoría terrateniente y de la gran burguesía, por haber carecido ésta de fuerza política y social efectiva." (Haya de la Torre, 1935:25)

Por todo lo anteriormente expuesto, planteaba dos aspectos primordiales para el desarrollo y la unidad continental:

1.- Crear una nueva estructura política basada en la unidad.

La unidad ha de comenzar en el seno mismo de la nación, en la alianza de clases explotadas, según Haya de la Torre. Para él, la clase proletaria de América se halla en estado naciente y apenas diferenciado. Consideraba, en consecuencia que el proletariado se hallaba en minoría, carecía de experiencia y de conciencia de clase, y que era inepto para la acción política.

Haya de la Torre consideraba que para la liberación económica, social y política no cabía otro camino que la unión de todas las clases oprimidas en un frente unitario de lucha, esto es, la unión del proletariado, del campesinado, con las clases medias empobrecidas campesinas o urbanas (pequeños propietarios, artesanos, comerciantes pequeños, intelectuales, entre otros)

Asimismo, el Estado debía ser defensor de las clases humildes y con el poder adquirido por esta unión se lograría poner una barrera eficaz a todos los poderes arbitrarios extranjeros y asegurar la libertad y la justicia.

2.- Haya de la Torre consideraba que la alianza de clases oprimidas no sería eficaz en su lucha si paralelamente a ella no se fomenta otra unidad política, en el más ancho plano de la vida de América Latina.

La unidad de los pueblos de América fue preocupación y afán de Haya de la Torre el cual acoge esta herencia y se constituye en su más firme defensor. Creía que la unidad de América era una realidad desde el punto de vista de su cultura. "Formamos...los pueblos de América una vasta nación indoamericana". (Haya de la Torre, 1935:23)

Haya de la Torre, sin embargo, (y coincidiendo con el pensamiento postrero bolivariano) no era optimista con respecto a la unidad continental. Creía que éste se hallaba en franco contraste con el fraccionamiento político y económico de estos países. Este fraccionamiento, según él, era defendido por todas las fuerzas enemigas del progreso de Indoamérica.

"a la concepción local o de nacionalismo chico de los partidos aislados en cada república —cuya síntesis es la proyección mundial de los partidos internacionales-, el aprismo plantea como síntesis la acción continental o indoamericana. Ella eleva a primera categoría política la lucha contra el imperialismo, que, como hemos de verlo enseguida, no puede ni limitarse a cada país aisladamente ni confundirse con la lucha mundial". (Decamilli, 1946:62)

Consideraba que las fronteras de Indoamérica eran fronteras feudales, adecuadas a las necesidades de las clases dominantes, pero en completa oposición a los intereses de estos pueblos, por lo que el mantenimiento de dicha visión política privaba a los mismos de la fuerza requerida para luchar contra el imperialismo y además volvía a la región inoperante, eternizando consiguientemente la explotación, porque "ni el feudalismo ni el imperialismo, los dos enemigos más encarnizados de la prosperidad económica y de la felicidad de [estos] países, son poderes nacionales". (Decamilli, 1946:62)

Por consiguiente, Haya de la Torre consideraba que una lucha efectiva contra el imperialismo y la desfeudalización exigía la unidad continental. "Los continentes divididos como el nuestro se unen o perecen". (Decamilli, 1946:62)

Según Haya de la Torre, el proceso de unificación política implicaba la transformación de las actuales fronteras en fronteras administrativas, siendo la unidad el único camino para asegurar la soberanía común frente al peligro de la "amenaza totalitaria interior" y frente al peligro de los totalitarismos de fuera. (Decamilli, 1946:69)La unidad daría garantía a la democracia y permitiría dar realidad a un "interamericanismo democrático sin imperio".

Asimismo afirmaba Haya de la Torre que la unidad política y económica de América sería la condición para su futura grandeza. "Sabemos bien que nuestro destino como raza y como grupo social no puede fraccionarse: formamos un gran pueblo, significamos un gran problema, constituimos una vasta esperanza". (Lacalle, 1947:88).

Haya de la Torre expuso ideas que se adelantaron en decenios a la evolución de los acontecimientos. Ello le llevó a elaborar una interpretación de la realidad cultural de América definida por lo indígena, que le indujo a concebir una nueva estructura política adecuada a las características de la realidad física, antropológica, psicológica, social e histórica de el subcontinente, ello llevó también a alejarse de las fórmulas preconcebidas para condiciones económicas completamente diferentes. Sus soluciones corresponden a un desarrollo económico y social diferente al de Europa.

Es claro que muchos de sus planteamientos fueron hechos en un determinado momento histórico, a partir de las categorías conceptuales entonces en boga. Así, su primera visión del imperialismo fue elaborada totalmente desde la perspectiva de los principios del materialismo histórico. Esto es, suponiendo que el capitalismo necesariamente debe abocar en el imperialismo, en el capitalismo inversionista, exportador, extractor de materias primas y vendedor de productos manufacturados. Una política económica que quiera actualmente asegurar su futuro económico debe proponerse al mismo tiempo por razones puramente materiales y por consideraciones de carácter puramente matemático y tomando en cuenta exclusivamente el propio progreso material, el adelanto de los países con quienes se comercia. (Lacalle, 1947)

Haya de la Torre hizo especial énfasis en problema del imperialismo. Para él, el imperialismo no sólo afectaba a determinadas naciones, su acción negativa se extendía a todos los países del continente. Más aún: el imperialismo era para él un fenómeno de repercusiones universales que afectaba profundamente la estructura económica y política de todos los países. Abogaba por el desarrollo económico de Indoamérica, considerando necesario:

"Industrializar, tecnificar coherente y orbitalmente [la] economía; [de América] salir del primitivo y subalterno régimen de una agricultura latifundista y retardataria; superar una producción y cambio circunscritos, unilaterales, subsidiarios, cuyos índices son proporcionalmente bajos. Con ellos, el reforzamiento de una democracia social, económica y política, orientada hacia la inalienable defensa de los derechos del hombre como ciudadano y como trabajador, a la vigencia de la justicia con libertad y hacia el equitativo equilibrio de los diversos factores constructivos, internos y externos, de un nuevo ordenamiento jurídico. Empero, su instauración [de esa nueva economía] no podía y no puede ser tarea aislacionista de cada país. Ella exige un adecuado planeamiento general, concordancia y cooperación, allende las fronteras estatales —que no son las económicas, a las cuales aquellos problemas engloban- y referidas al grandor y complejidad de una región infragmentable como es la latino o indoamericana. (Haya de la Torre, 1963:14)

Esa coordinación económica continental, que planteaba Haya de la Torre, llevaría implícita la política, elevaría a los futuros Estados Unidos latino o indoamericanos, a una categoría equiparable, en área y aptitud de seguridad, a la de las otras unidades regionales, formando una fuerte y concordada unidad que agrupara estados y millones de habitantes.

Esa unidad daría a la América Latina mayor autonomía de trato con los supremos poderes de la política y regentarían la economía del mundo. Sus relaciones con los imperialismos económicos quedarían más resguardadas de los riesgos del imperialismo político, pues no serían llevados por las inevitables presiones de los fuertes sobre los débiles.

El pensamiento político-ideológico de Víctor Raúl Haya de la Torre, conserva su plena vigencia, porque no obstante haber sido concebido en la primera mitad del siglo XX, su actualidad, tomando en cuenta la presente dinámica económica, es notoria. La unidad continental sólo podría conllevar a estos países a un verdadero poder negociador conjunto con base en la propia realidad de los mismos.

Conclusiones

Desde un punto de vista muy general, podemos periodizar el continentalismo latinoamericano que precedió al nacionalismo antiimperialista en dos fases históricas. Estas fases conllevan el mismo aspecto utópico que el antiimperialismo radical: son imaginarias porque en América Latina nunca se formó una federación política y económicamente completa al estilo de Estados Unidos de América.

Normalmente los intentos federativos se rompieron en unidades "nacionales", como en los casos de la Gran Colombia bolivariana, hasta 1830, y en la República Federal de Centroamérica (1823-1839). Tampoco los diferentes proyectos de la integración económica condujeron hacia un mercado latinoamericano, y aún menos hacia unidades económicas que hubieran sido dirigidas dentro del mismo continente. A pesar de esto, la utopía continental latinoamericana ha llegado a ser, quizás, más fuerte que los continentalismos de otros continentes, excluyendo Australia.

Las primeras formas de pensar en una manera continentalista se originan ya en la colonia. Simplificando la historia y olvidando conscientemente la fragmentación espacial, cultural y social americana, se puede hablar del "mundo" ibérico o hispánico, de un mundo indivisible que era católico y en el que se hablaban lenguas iberorrománicas. Esta fase del continentalismo estaba determinada por la cultura y por la mentalidad.

El sentir unitario latinoamericano tuvo un significativo enriquecimiento con la aparición en las primeras décadas del siglo XX, de una generación de escritores que hicieron suyo el sueño de Bolívar, sin minimizar en modo alguno a los numerosos y calificados investigadores del continente que abordaron otros temas. No todos los pensadores latinoamericanistas coincidieron en los mismos análisis sobre la evolución de la historia ni tuvieron los mismos objetivos políticos. Empero, dentro de la unidad con diversidad enriquecieron el acervo cultural, generando un pensamiento latinoamericanista creativo en la mayoría de los casos.

El antiimperialismo latinoamericanista, que hoy reconocemos como rasgo identitario de actores políticos y sujetos sociales en distintas latitudes de nuestra América, prolonga un legado intelectual construido durante varias generaciones -que entreteje, por ejemplo, a Martí con Sandino-, y que tiene como momento inaugural la resistencia cultural, en su amplio sentido, que se enarboló frente al expansionismo estadounidense de finales del siglo XIX y el devenir de su desarrollo imperialista. Se trata, pues, de una suerte de nacionalismo latinoamericano, que encuentra sustento fundacional en "la historia propia" como pilar de contención frente a "las intervenciones foráneas", y en la aspiración de formar "una comunidad de naciones que originaran la fuerza necesaria para detener al imperialismo" (Cuevas, 2008; 120)

El discurso antiimperialista latinoamericano surge en las últimas tres décadas del siglo XIX, y tiene entre sus iniciadores más conspicuos a José Martí; esto, porque la lucha por el logro de la independencia de Cuba del colonialismo español, coincide con los nuevos esquemas de dominación neocolonial que comenzaba a implementar los Estados Unidos, de manera evidente y agresiva en la región. En el discurso antiimperialista, que configura un contexto ideológico que se mantiene con distintas expresiones, hasta el actual escenario político latinoamericano, convergen distintas tendencias filosóficas, tales como el socialismo, el anarquismo y la predica por la unidad americana, entre otras. Básicamente, este discurso de naturaleza contestataria y contra-hegemónica surge como una reacción crítica a la influencia de los EE. UU en la América Latina, influencia que se evidencia en las esferas política, económica, cultural y militar. Recuérdese que la Doctrina Monroe de 1823 estableció las líneas programáticas, de la política interamericana estadounidense, en función de lograr el objetivo de crear un orden interamericano como engranaje de los intereses particulares de los EE.UU, bajo la consigna de libre comercio y liberalismo. El intervencionismo de los EE.UU en Latinoamérica, que se observa desde la segunda mitad del siglo XIX, llegó hasta el extremo de impulsar distintas arremetidas bélicas en varios países de la región (México, Puerto Rico y Cuba, entre otros). Entre los principales ideólogos del discurso antiimperialista todos, en líneas generales abogan por:

A. El logro de la independencia política efectiva, frente al imperialismo norteamericano.

B. El Desarrollo integral de los pueblos latinoamericanos.

C. La salvaguarda y defensa de las culturas latinoamericanas, frente a los procesos de alienación y transculturación desplegados por los EE.UU y las potencias europeas.

D. Defensa del legítimo principio de autodeterminación de los pueblos, así como de la soberanía e integridad territorial de las repúblicas latinas, en su conjunto.

E. Promoción del imaginario de la unidad e identidad americana como herramienta fundamental, en la construcción de un bloque de poder en la región, capaz de hacer frente a cualquier avanzada imperialista.

La comparación de sus propuestas y de los objetivos finales que pretendían alcanzar, demuestra que compartían un modelo interpretativo de la realidad, el cual fue empleado para representar discursivamente la realidad histórica, lo que tenía implícito, a su vez, un modelo de sociedad y de organización política que pretendió contribuir a la reconstrucción de los espacios sociales en lo que vivieron, de sus valores, de su andamiaje jurídico, de sus significados, de sus tendencias ideológicas, a partir del concepto de unidad, asumido como eje transversal. Por todo esto, cada uno de los ideólogos abordados siguió en la línea argumentativa de sus antecesores, conscientemente, sin ocasionar ninguna ruptura ni continuidad aparente; por esta razón, la formación discursiva de la unidad americana, es una red textual y contextual, en la que cada discurso particular contribuye con el desarrollo teórico-político de dicha formación, que se mantiene con un paradigma argumentativo y un proyecto histórico, en el pensamiento político latinoamericano.

Referencias

Ansart, P. (1983) Ideología, conflictos y poder .Puebla. Premiá Editora

Castoriadis, C. (2013). La institución imaginaria de la sociedad. Buenos Aires. Tusquets Editores.

Cuevas, R. (2008). Sandino y la intelectualidad costarricense. Nacionalismo antiimperialista en Nicaragua y Costa Rica (1927-1934). San José, C.R.: EUNED.

Decamilli, J. (1946). Haya de la Torre. Maestro y Conductor de Latinoamérica, Berlín. Círculo Cultural Germano-lberoamericano

García, F. (1857) Americanismo literario. Madrid. Editorial América.

Giménez, F (2008) Indoamérica según Haya de la Torre. Conferencia defendida en el XI Encuentro de Filosofía, en Gijón, (2006) España. Recogido en la revista El Catoblepas. Número 80, octubre

Haya de la Torre, V (1935) ¿A dónde va Indoamérica? Santiago de Chile, Bibliografía Americana.

Haya de la Torre, V (1961) Pensamiento Político. Lima, Edit. Pueblo.

Haya de la Torre, V (1963) Problema e imperativo de la Unidad Continental. Montevideo, Lima. Industrial Gráfica, S.A.

Kozel, A (2012) "Carlos Pereyra y El mito de Monroe", en Pita González, Alexandra y Marichal, Carlos (comps) El antiimperialismo latinoamericano. México. El Colegio de México

Kozel, A, et al (2015) El imaginario antiimperialista en América Latina. CLACSO, Ediciones del CCC

Lacalle, C. (1947) El partido nacional y la política exterior del Uruguay. México, Montevideo, Serie Documentación, Ordenación y Notas. (Ministerio de Relaciones Exteriores)

Mariátigui, C (1971), citado por Wevz (1991) Pensamiento sociopolítico en América Latina. Caracas, Nueva Sociedad Editores.

Pakkasvirta, J. (2003) Legados bolivarianos para la democracia y la integración: perspectivas intelectuales de principios del siglo XXI. Revista Araucaria, segundo semestre. Vol 4, no. 010. Universidad de Sevilla

Peñate, F (1977) José Martí y la primera conferencia Panamericana. La Habana. Editorial Arte y Literatura.

Rodríguez, P (1967) Uno en alma e intento latinoamericano. Identidad y unidad de José Martí. Barcelona. Pablo de Torrente Editorial.

Vara, A (2013) Sangre que se nos va. Naturaleza, literatura y protesta social en América Latina .Sevilla. Publicaciones del CSIC.

Varios (1980) América Latina: Hacia la integración. Caracas. Ediciones del Comité Ejecutivo del Bicentenario de Simón Bolívar.

Publicar un comentario